lunes 26 de octubre de 2009

CHAMPURRADO LITERARIO.- Invitación



ENTRADA LIBRE





jueves 1 de octubre de 2009

Parque México




No tengo iPod porque me gusta escuchar todo lo que sucede a mi alrededor. Los domingos Nadir y yo vamos a desayunar al Caffè Toscano que está frente al Parque México. A las nueve de la mañana llegamos armados de periódicos y entre sorbos de té o café compartimos un plato de molletes o una crepa de nutella con nuez. Revisamos las noticias de Venezuela, los estrenos del cine y las secciones de cultura. La mayoría de las veces llegamos también con los suplementos Babelia y Laberinto de los diarios El País y Milenio, por lo que el desayuno se prolonga hasta el mediodía.

Desde nuestra mesa tenemos una vista espectacular del que podría ser el parque más hermoso de la Ciudad de México, nuestro pequeño Central Park, como me gusta llamarlo. El área boscosa es densa y al centro un lago artificial sobre poblado de patos. Los corredores son el minutero del reloj, a cualquier hora están dando vueltas sin parar. Este parque es el corazón de la Condesa, colonia que se ha distinguido por ser la más cosmopolita de la ciudad. No es raro que en la mesa de al lado de sus muchos restaurantes escuches hablar a alguien en griego, francés o alemán, que al caminar sus calles te encuentres con un cubano o unas argentinas despistadas que te preguntan por cierta dirección.

Hace un par de domingos fui solo a desayunar y mientras leía Día Siete de El Universal a mi derecha se sentó un hombre cincuentón que vestía ropa deportiva y lentes oscuros. No hacía más que mirar el parque y fumar. Me fijé que de soslayo, de vez en cuando, echaba una ojeada a mi lectura y miraba su reloj con impaciencia. Al recibir una llamada a su celular, lo único que alcancé a oír fue, “no, aún no ha llegado”. Un rato después, una chica de unos 37 años, según el poco maquillaje que llevaba, se sentó a su derecha, pidió un té chai late, sacó un libro de su bolso y antes de abrir Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, habló por su celular. Relató la noche anterior en casa de su amigo galerista, cómo iba vestida, quiénes estuvieron presentes, el menú, criticó hasta los mínimos detalles. Dijo que esperaba la llamada del chico que la había invitado la noche anterior, cortó la comunicación y se dispuso a leer.

Al cabo de unos minutos, el tipo impaciente interrumpió su lectura con el pretexto de pedirle fuego. Entabló conversación sobre el libro y Saramago. Él resultó experto en lo que ella opinaba y ella una alta ejecutiva de Bimbo. Con la rapidez del verano, dejando atrás la literatura y con gran seguridad en sí mismo, mientras meneaba su tercer café, él le mencionó dos o tres nombres de personas cercanas a ella, el de su jefe inmediato en la Secretaria de Energía, donde había trabajado anteriormente, su nuevo director de área en la compañía, recién llegado de Estados Unidos, también resultó conocido de un novio que ella tuvo en la Universidad Iberoamericana y de cierto profesor de posgrado en Londres. Tantas coincidencias hicieron que también yo estuviera atento a la conversación, pedí otro expreso y fingí que miraba a los paseantes del parque. La chica cerró el libro, entre risas coquetas, poco a poco, le fue enumerando a su vecino de mesa las próximas inversiones de la compañía, quién era el proveedor de tal materia prima, el proyectado de ventas, los nuevos movimientos de ejecutivos. Hasta en dónde vivía el dueño de Bimbo y a dónde se decía que había ido en sus últimas vacaciones. Al final, sin perder el estilo ni decir su nombre, con toda la paciencia del mundo, él pidió su cuenta, dijo que se le hacía tarde para una comida en casa de sus suegros y se fue. Lo vi perderse entre las sendas del parque. Ella volvió a Ensayo sobre la ceguera como si nada, a su té que apenas había tomado. Dejó su celular sobre la mesa, comprobando que seguía encendido. Si yo hubiera traído un iPod en las orejas, ni cuenta me habría dado de esa conversación, propia de película de espionaje.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: Infojardin

domingo 20 de septiembre de 2009

Domicilio conocido II






La palabra sobrevive. Siempre me han gustado las cartas de amor. Son como un diario al que uno accede y conoce los momentos de felicidad, tribulaciones o avatares de quien escribe. Es vivir otro tipo de ficción, de cierta manera atarnos a la vida del otro, ir descubriéndola y reinventándola poco a poco. Mi curiosidad ha sido tan grande que, cuando era niño, me encontré un cajón del escritorio de mi padre con cartas de amor. El consultorio se comunicaba a mi casa por una puerta que siempre estaba abierta. Los domingos o en las noches, agazapado abajo del escritorio y alumbrado con una lámpara de mano, las leía una tras otra. Eran cartas que le habían escrito sus antiguas novias, con pluma fuente y caligrafía de colegio de monjas. También había algunas de mi madre. En ellas pude leer su romance de casi dos años. Sus idas y vueltas. Sus planes futuros. Los preparativos de la boda. Tantas ilusiones y también desajustes.

Quizás, inspirado por esa manera de narrar tan cercana al corazón, fue que más tarde comencé a escribir mis primeros poemas. A mandar y a recibir mis primeras cartas donde a veces leía en el sobre, domicilio conocido, pues no sólo mi familia y amigos, sino también el cartero sabía dónde soñaba un enamorado. Por medio de la palabra escrita se siguen sosteniendo las parejas, sólo que antes sus cartas subían montañas, cruzaban océanos, sobrevivían guerras y temporales. Ahora las cosas se han simplificado y sólo atraviesan circuitos, pero siempre llegan llenas de luz. Las parejas pueden seguir el día a día del otro con el facebook, única red social a la que pertenezco y que apenas sé manejar, sigo fiel a la pluma y al papel. Aunque en los últimos años, inspirado por la rapidez del correo electrónico he escrito: “Cachorro, como hace tanto tiempo que no te escribo una carta de amor, te mando ésta que, aunque chiquita, tiene todo mi cariño y mi deseo de ti. Has sido lo mejor que me ha pasado en los últimos años y estoy contento con quererte, con que me quieras. Saber que hay alguien que sueña conmigo y duerme a mi lado aunque yo no esté cerca.”

Hace unos días releyendo el libro Prometo ser bueno: cartas completas de Arthur Rimbaud, hubo una que me llamó la atención, en ese ir y venir de su relación amorosamente enferma que tuvo con el también poeta Paul Verlaine y que le escribe desde Inglaterra, presintiendo uno de tantos finales que vivieron y que a continuación transcribo. “Londres, viernes por la noche. Vuelve, vuelve, querido amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si fui pesado contigo, era una broma en la que me obcequé y me arrepiento más de lo que cabe decir. Vuelve, eso quedará olvidado. Qué desdicha que hayas creído esta broma. Llevo dos días llorando sin cesar. Vuelve. Se valiente, querido amigo. Nada se ha perdido. Sólo tienes que hacer el viaje de nuevo. Aquí viviremos otra vez con valentía. Con paciencia. Te lo suplico. Es por tu bien. Vuelve, encontrarás todas tus cosas. Espero que sepas ahora que no había nada de cierto en nuestra discusión. Qué horrible momento. Cuando yo te hacía señas para que bajaras del barco ¿por qué no volviste? Hemos vivido dos años juntos para llegar a este momento. ¿Qué vas a hacer? Si no quieres volver aquí, ¿quieres que vaya a alcanzarte donde estés? Escucha sólo a tu corazón. Pronto, dime si debo alcanzarte. Contesta pronto, no puedo quedarme aquí después del lunes. No tengo ni un penny ni para depositar esta carta en el correo. Si no he de verte más me matricularé en el ejército. ¿Tú crees que la vida te será más agradable con otro que no sea yo? Piensa. Por supuesto que no. Sólo contigo puedo ser libre y dado que te estoy jurando que seré más amable en lo sucesivo, que lamento la parte que me toca de errores, que por fin tengo la mente clara, que te quiero bien. Si no quieres volver o que te alcance, estas cometiendo un crimen del que te arrepentirás largos años, por la pérdida de libertad y de sin sabores más atroces de los que has sufrido. Después de esto, recuerda lo que eras antes de conocerme. Por favor vuelve. A todas horas rompo en llanto de nuevo. Dime que vaya a buscarte y lo haré. Dime y si no, la única frase verdadera es: vuelve, quiero estar contigo, te amo. Si escuchas esto, demostrarás valor y espíritu sincero. Si no, te compadezco. Pero te amo. Te beso y volveremos a vernos. Tuyo para toda la vida.” Rimbaud.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: Blog Hortensia

sábado 12 de septiembre de 2009

Libres de pecado y Sin máscaras



El poema "Libres de pecado" y "Sin máscaras" de los videos pertenecen al libro "Alburemas" de Rodolfo Naró, publicado por Editorial Vinciguerra. En el youtube encontrarás otros 4 poemas... Búscalos. Hazte amigo o amiga de Rodolfo Naró en Facebook, clic aquí





domingo 6 de septiembre de 2009

Adolescencia



La adolescencia ha sido la peor etapa de mi vida. Por eso no me gusta ni la moda ni la música ochentera. Releo mis primeros poemas y son de un azotado terrible, de una gran desolación. Siempre me enamoraba de la compañera más guapa de la preparatoria, de la chica más popular y buena de la colonia. Por supuesto que nunca se fijaba en mi. Mis poemas le daban miedo. No los entendía. Terminaba amándola en silencio. Envidiando a quien por simpático o con dinero, la conquistaba.

Mi primer trabajo fue revisar el contador interno de hojas de las copiadoras Nashua que la compañía daba en concesión. Más tarde llevarles la factura y recoger el pago. Era un cobrador de copias. Después trabajé en Banca Serfin, como controlador de tiempos y movimiento de las cajeras. Puesto que me daba cierto poder. Con cronómetro llevaba cuánto tiempo tardaba la cajera en pagar un cheque. Era un tirano del minuto. Eh, eh no se me distraiga, les decía, reloj en mano. Mi tercer trabajo y el mejor, antes de los 18, fue de mesero en un restaurante de crepas. Me dejaba el dinero suficiente para invitar al cine a una chica que nunca respondía sí o no a la primera llamada, sino que me decía vuélveme a llamar. Así, cinco o seis veces en el mismo sábado.

Pasé la adolescencia en blanco. Consolándome con las pláticas de mis amigos, desgastándome las manos viendo películas porno en Súper 8. Nunca fui un muchacho problema, más bien era distraído, tímido y fantasioso. Además, a los 12 años dejé Tequila para mudarme a Guadalajara. Viví un año con mis abuelos maternos. En la secundaria, a diario me enfrentaba a compañeros que me robaban la torta, me escondían la mochila o me subían al camión que no me llevaba a Plaza del Sol, sino a Tlaquepaque y regresaba caminado por miedo de perderme otra vez. Al llegar a la casa le mentía a mi abuela porque me daba vergüenza decirle que de nuevo me habían timado. En esos años no se hablaba de bullying sino de disciplina y calificaciones.

Cuándo me iba a imaginar que mi cerebro aún no estaba del todo desarrollado sino hasta pasados los 20 años de edad. Que si fui torpe con las mujeres era porque aún no era capaz de interpretar correctamente mis emociones. Que si me gustaban los riesgos era porque la parte del cerebro que pone freno a los impulsos aún estaba construyéndose y mi sistema límbico era una explosión de hormonas sexuales que influyen en la serotonina y en los neurotransmisores del temperamento. Nadie me explicó que la corteza prefrontal, encargada de planear, organizar, ejecutar y medir consecuencias es la última en desarrollarse, según investigaciones del doctor Jay Giedd del National Institutes of Health Clinical Center de Bethesda, Maryland. Sin embargo tenía que pasar Lógica y Química a como diera lugar.

Si a eso le sumamos el rechazo constante de la chica que pretendía. La saturación de hormonas como una bomba a punto de la implosión. La enorme energía que brota de un día para otro en las manos, en las piernas, en el bajo vientre y en el corazón. Esa que viene asociada con miles de preguntas que pocos adultos se atreven a responder, como si ellos no hubieran tenido esos desfasamientos de la personalidad, limitándose a decir, está en la edad de la choca. Entonces me enfadaba sin saber porqué. Me enamoraba sin razón alguna. Como todo me parecía tan complicado, mi refugio era leer, casi siempre biografías, que me fueron templando. Y cuando estaba en el capítulo más álgido a veces escuchaba a alguno de mis hermanos gritar, que vaya Rodolfo que no está haciendo nada.

Ahora que veo a María, Leonel y Juan Enrique, mis sobrinos que rondan los 15 años y que como yo a esa edad, comienzan a hacer ejercicio, bañarse a diario, pasar horas frente al espejo acomodándose los cabellos. Midiendo fuerza física, intelectual y romántica con sus amigos. Que pueden perder una hora en calcular la pregunta y respuesta para acercarse adecuadamente al otro o la otra. Cuando veo que no entienden nada, pero aún así se dejan llevar, y escucho a María decir que sus compañeros de tercero de secundaria son unos cretinos que eructan, fuman y se emborrachan. Que le gustan las novelas de aventura y de amor, doy gracias a Dios de haber sobrevivido a la adolescencia, la etapa más dura a la que me he enfrentado en mi vida. Porque por primera vez el silencio, la música, la lluvia, las cosas simples, duelen. Y el olvido es la peor venganza.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com

sábado 22 de agosto de 2009

Este verano





“Hay tres tipos de libros, los malos, que uno descarta casi de inmediato. El que te atrapa, te produce adicción y lo terminas leyendo de un sopetón. O el que también te atrapa, dejas de comer y dormir por leerlo, volviéndose un cachito de dulce que no quieres que se acabe. Lo guardas para ocasiones especiales. Para leerlo sólo cuando nadie te molesta y puedes adentrarte en él, encariñarte con sus personajes y sufres cuando el final se acerca”. Esto me escribió Andrea Bolívar desde Munich. Me pasó una lista de las lecturas que tenía reservadas para este verano y me preguntó por lo que estaba leyendo.

En México al acercarse junio nos torturan con los estrenos de cine, películas taquilleras, infantiles o de grandes explosiones. Sin embargo, en países europeos, como España, la gente habla sobre lo que leerá en el verano. Hacen su agosto en mayo, en la feria del libro del Parque del Retiro y salen cargados de lecturas que devorarán en la playa o tumbados a la sombra de un árbol bananero de los muchos que abundan en las plazas de Barcelona. Su economía les da para eso. Viajar por Europa en agosto es ver a medio continente de vacaciones. Un mes completito. Cuando les he dicho que en México, al primer año de labores sólo corresponden seis días de asueto y luego, uno más por cada año, no lo pueden creer. ¿Pero a qué hora leen?, me preguntan.

Tengo relacionados ciertos títulos con historias de amor o viajes, con momentos de mi vida que me han marcado. Cuando en el verano de 1983 me operaron de la columna, como no podía sostener un libro, mi madre me leía al lado de la cama. Yo le pedía historias de la Segunda Guerra Mundial y ella insistía con algo sobre los zares de Rusia o Catalina de Médicis. Uno de caballería, por lo menos, le pedía y lo más cercano fue una biografía del mago Merlín. Cada viaje ha estado influenciado por un libro. He preferido hacer los recorridos de día, en trenes y autobuses, para seguir leyendo. Hace cuatro años pasé una larga temporada en Buenos Aires. Al estar al borde de la ruina emocional me refugié en la intriga de La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa y me divertí tanto con las Travesuras de la niña mala que no supe lo que haría al terminarlo.

Así llegué a las dos recientes novelas de Jordi Soler: Los rojos de ultramar y La última hora del último día, ficciones sobre su propia vida y la de su familia en la selva veracruzana, cuando su abuelo llegó huyendo de Franco en plena Guerra Civil española. No me es complicado alternar la lectura de dos o tres libros. Es como hacer zapping con el control remoto de la televisión. Tengo uno para leer en la cama. De bolsillo para viajar en el metro. Grandes historias para largos viajes. Suplementos culturales de periódicos para la hora de la comida. Libros que me digo, éste es para leerlo en mi sillón favorito al atardecer. National Geographic me espera en el baño, sus páginas ecologistas me ayudan a reflexionar sobre el ser y la nada. Pero cuando estoy más preocupado y siento la tensión a punto de hacerme estallar, recurro de nuevo a la poesía, a los consejos de Borges, al amoroso Pedro Salinas o a la sabiduría simple de Roberto Juarróz, en el instante más quieto de la noche, a punto de dormir.

Desde mayo, cada semana me llega a mi bandeja de entrada las novedades de Casa del libro. Hago la lista de mis posibles compañeros de ruta. Aunque aquí no hay lo que ofertan en España, los sábados voy de compras a las librerías de Miguel Ángel de Quevedo, al sur de la ciudad. Comparo precios, me encuentro con otras novedades y al final salgo con menos libros de lo que me esperaba. Hace unos días terminé Tokio blues de Haruki Murakami y sentí la nostalgia del amigo perdido que me cuenta Andrea en su correo, así que continué con otro del mismo autor, Al sur de la frontera, al oeste del Sol. Pero como no me ha atrapado tanto, le he metido un poco más de suspenso al verano y empecé a leer La máscara de Ripley de Patricia Highsmith.

Este verano, el cine me tiene sin pendiente. Ni Terminator ni G.I. Joe ni la Era del hielo 3 o Fuerza-G, se podrán comparar con Amos Oz o Tryno Maldonado y su Temporada de caza para el león negro. Como no tengo televisor, seguiré Lost con la tercera temporada de El Pantera, me perderé por enésima vez Miss Universo y a Jacqueline Bracamontes en Sortilegio. Y como ya no tengo vida de príncipe, me tomaré mis correspondientes seis días de vacaciones hasta el próximo verano.


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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com

sábado 8 de agosto de 2009

Michael Jackson





Dicen que era adicto a los fármacos. Dicen que usaba el nombre de Jack London para comprar sus fármacos. Dicen que además tenía muchas personalidades. Dicen que nació negro y decidió hacerse blanco. Dicen que tenía más de 25 operaciones sin quedar satisfecho. Dicen que Alfredo Palacios era su diseñador de imagen. Dicen que, como Pinocho, odiaba su nariz. Dicen que por su nariz, amaba a Pinocho. Dicen que, como Nicole Kidman, ganó por una nariz. Dicen que adoraba a Elvis, que se casó con su hija para poseerlo un poco. Dicen que adoraba a los Beatles, que compró su música para también poseerlos. Dicen que Paul McCartney se peleo con él. Dicen que él le contestó business are business. Dicen que Paul McCartney se reconcilió él. Dicen que era el menor de cinco hermanos. Dicen que su padre abusaba de él por talentoso. Dicen que no le dejó nada en el testamento. Dicen que cantaba como los ángeles. Dicen que le gustaban los ángeles, los de Charlie y Mi pobre angelito. Dicen que bailaba aun mejor. Dicen que el paso moonwalk se lo enseñó Resortes. Dicen que usaba calcetines blancos para que le miraran los pies. Dicen que no caminaba, se deslizaba. Dicen que seguirá caminando en la luna. Dicen que vivía en la luna. Dicen que se hacía el lunático. Dicen que es el mayor best-seller de la música. Dicen que tenía sensibilidad de vedette. Dicen que era tímido. Dicen que ésta es la quincuagésima vez que se muere. Dicen que se negó a crecer. Dicen que vivía en un paraíso de niños, como el de Nuncajamás. Dicen que tuvo tres hijos y un chimpancé. Dicen que bebía biberón con ellos, rodeados de peluches. Dicen que el chimpancé dormía en una cuna junto a su cama. Dicen que los niños le gustaban por imberbes. Dicen que se ocultaba de las miradas. Dicen que tenía su casa llena de espejos. Dicen que su madre y una de sus esposas y Diana Ross se pelearán por la custodia de sus hijos. Dicen que el dinero no le importaba. Dicen que tenía una fortuna de mil millones de dólares. Dicen que gastaba más de lo que tenía. Dicen que gastaba en excentricidades, que quiso comprar el esqueleto del Hombre Elefante y la moto de Diego Luna en Mister Lonely. Dicen que debía 500 millones de dólares. Dicen que daría 50 conciertos. Dicen que bailaba, bailaba, bailaba. Dicen que sus productores tienen 100 horas de sus ensayos en video. Dicen que en el fondo le daba güeva tanto concierto. Dicen que seguirán vendiendo y viviendo de su muerte. Dicen que Madonna lloró con su partida. Dicen Donna Summer, Steven Spielberg y Barack Obama lloraron por su partida. Dicen que fue el amor secreto de Elizabeth Taylor. Dicen que adoraba a Marlon Brando. Dicen que Marlon Brando lo adoraba. Dicen que era anoréxico, que pesaba 51 kilos. Dicen que hacía sólo una comida al día. Dicen que su último almuerzo fue una ensalada de pollo. Dicen que KFC bautizará con su nombre a su ensalada de pollo. Dicen que vivía rodeado de pelucas. Dicen que no sólo cambió de color. Dicen que cuando dejó de ser Testigo de Jehová también se cambió el nombre. Dicen que bebía café turco con Cat Stevens. Dicen que se reconstruyó muchas veces. Dicen que nunca existió. Dicen que Walt Disney lo inventó. Dicen que era tan sensible que se le rompió el corazón. Dicen que se lavaba el estómago por fuera y por dentro. “Dicen que por las noches nomás se le iba en puro llorar. Dicen que no comía nomás se le iba en puro tomar.” Dicen que quiso grabar Cucurrucucu paloma en versión pop. Dicen que la nana Rwaramba era quien realmente cantaba sus canciones. Dicen que la ciudad de Los Ángeles también tiene una partida secreta para exequias de reyes. Dicen que era el Rey del Pop. Dicen que tuvo funeral de olimpiada. Dicen que le dio un soponcio. Dicen que su vida fue un verdadero thriller. Dicen que siempre fue inocente. Dicen que le gustaban los inocentes. Dicen que fue el Rimbaud de la música. Dicen que su música prendía. Dicen que nunca dejó de ser negrito. Dicen que dormía poco. Dicen que dormía en una cámara hiperbárica. Dicen que los dolores lo tenían insomne. Dicen que bebía y se inyectaba Valium, Demerol, morfina y otras fantasías. Dicen que nadie podía negarle nada. Dicen que sigue girando en la rueda de la fortuna de Neverland. Dicen que tenía una rosa encendida en su interior, como la llama dentro de una lámpara, tan frágil que una brisa pudo apagarla. Dicen que no murió, que sólo apagó la luz para seguir siendo él en la oscuridad.


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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original / Trailer de Mister Lonely
Fotograma de la película "Mister Lonely", de Harmony Korine. Diego Luna interpreta a un personaje que se cree Michael Jackson.

lunes 3 de agosto de 2009

Entrevista con Rodolfo Naró sobre su novela "El Orden Infinito"



viernes 31 de julio de 2009

El asma de Benedetti





Desde la muerte de Luz, su esposa, en abril del 2006, Mario Benedetti comenzó a morir un poco. Sin seguir con las polémicas que han surgido en las últimas semanas entre premios, estilos y poetas. Sin tomar en cuenta las declaraciones de Antonio Gamoneda sobre Benedetti al declarar después de su muerte: “aunque yo no comparto su ámbito poético, fue un ser admirable, pero utilizaba un lenguaje normalizado, el lenguaje de la comunicación coloquial. Aunque lo respeto, no lo comparto”. Sin hacer comparaciones entre escritores yo tampoco comparto el gusto por la poesía de Benedetti. Quizá publicaba todo lo que escribía, o sus editores le sacaban rápido el cuaderno de las manos sin darle tiempo a revisarlo. Sin embargo, movía multitudes y la gente de la calle repetía sus versos de memoria.

En el verano de 2006 estuve en Montevideo. Allá era invierno, como suele ser, crudo, frío, con neblina hasta el mediodía y al atardecer; con lluvia tenue y mucha humedad. Fui a un congreso de escritores a celebrarse en la Biblioteca Nacional. Ahí me reencontré con William Johnston, un amigo poeta que tenía varios años de haberle perdido la pista. Él fue mi guía en esa ciudad de bruma y nostalgia que yo sólo había sentido en Buenos Aires. Después de almorzar un chivito al pan, la pregunta obligada era ¿cómo está Benedetti? Tenía pocos meses de viudo y el asma se había vuelto a ensañar contra él. Willy aseguró que no asistiría al congreso pero que lo tenía que ver el fin de semana. Si querés, podés acompañarme, me dijo sin mayor problema.

Para mí era una tentación estar en Uruguay y no seguir los rastros de Amado Nervo. Sus últimos días de vida los había pasado en Montevideo a donde fue a cumplir unas diligencias diplomáticas. Al tercer día de haber desembarcado, de ser recibido con honores de jefe de Estado y ser vitoreado por una multitud, la muerte lo sorprendería después de una semana de agonía por una peritonitis masiva. Al finalizar el congreso me quedé tres días para encerrarme en la hemeroteca y revisar periódicos de la época, documentos reservados sólo para investigadores acreditados, por lo que Willy me ayudó, con sus influencias, al acreditarme en pocos minutos como investigador de no sé qué universidad. De esos amarillentos diarios, que no pude fotocopiar, transcribí todo el mes de mayo de 1919 siguiendo el día a día de su enfermedad. Comprobé que Amado Nervo era el poeta más importante de su tiempo, heredero de la lírica de Rubén Darío.

Yo tomaba las notas finales para mi novela El orden infinito y para el guión Amor a muerte que escribía Arturo Pimentel. Estuve tres días encerrado en medio de un altero de papeles, a media luz, como suele ser la intensidad de las bibliotecas, escuchando en mitad del silencio un estornudo o una tos del otro lado del salón. Por la noche en el hotel, revisaba de nuevo mis notas y mis nuevas interrogantes. La mañana del viernes, William por fin me confirmó que Benedetti nos recibiría a media tarde. Me previno que fuéramos puntuales, que posiblemente el encuentro no duraría mucho tiempo. Quedó en pasar por mí a la Biblioteca Nacional media hora antes de la cita o por lo menos eso le entendí. Me quedé esperándolo poco antes de encontrarme en La Razón con la muerte de Amado Nervo, la disputa de Uruguay y Argentina por el cadáver. La travesía en barco de sus restos mortales tardó seis meses en llegar a México, ya que en cada puerto donde atracaba, Brasil, Venezuela, Panamá, recibía homenajes. Te dije que pasaría por vos a tu hotel, yo cómo iba a saber que estarías aún en la hemeroteca, me dijo más tarde mientras cenábamos, para variar, un chivito al plato.

De cierto modo tuve que escoger entre Nervo y Benedetti, siendo viernes, al día siguiente ninguno de los dos estaría disponible, y yo tomaba el buquebus de regreso a Buenos Aires. De cualquier manera, por el malentendido, habría llegado tarde a la cita, le contesté a Willy. Él había estado poco menos de una hora con Benedetti, la humedad de ese agosto invernal lo tenía recluido desde la muerte de Luz, la mujer que había amado desde la infancia, pero que su timidez le había impedido decírselo. Cuando finalmente se lo confesó, a los 16 años de edad, ella tardó minuto y medio en aceptarlo, contaba Benedetti. Sesenta años después, el asma, enfermedad propia de los que temen el abandono, de nuevo le tenía colmados los pulmones de infinita tristeza.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: Cervantes Virtual.
En la foto Mario Benedetti con su esposa Luz López Alegre (1947). Un año después de su boda.

martes 16 de junio de 2009

El horror






En nombre de Dios, en nombre del amor, se han edificado grandes crímenes que ahora todos admiramos. Sería imperdonable estar en China y no caminar la Gran Muralla que corre a lo largo de 6400 kilómetros y que tardó varios siglos en construirse, cobrando la vida de 10 millones de trabajadores, esclavos de países conquistados, muchos de ellos tapiados en sus paredes. Si viajamos a la India sería impensable no conocer el Taj Mahal, el mausoleo más fastuoso del mundo, construido en 1654 para el eterno descanso de la esposa del Shah Jahan. Para su edificación se necesitaron más de 20 mil obreros, artistas y artesanos, a los cuales se les amputaron las manos para que no repitieran semejante hazaña.

El 7 de junio del 2007 en Lisboa, Portugal durante una gran fiesta se escogieron las 7 maravillas del mundo moderno y entre ellas, además de las dos anteriores también quedó el Coliseo Romano, un circo donde murieron tantos esclavos, cristianos, perseguidos y que hoy es símbolo de una ciudad. Quizá después de mil años los campos de concentración nazi, ahora con paseos turísticos reservados por internet, sean también una maravilla del mundo. En la construcción de las grandes catedrales góticas no hubo quien documentara accidentes o decesos, como sí asentaban las entradas y salidas de herejes en los calabozos del Santo Oficio, tan comparables con los crematorios nazis. También contabilizaban las maravillas que iban descubriendo en las Indias, donde fue necesario arrasar con la espada para evangelizar y construir un nuevo mundo.

Pero también en México tuvimos lo nuestro. Se dice que los aztecas utilizaban la sangre de sus víctimas para la construcción de sus pirámides y templos. Tal vez de ahí venga la costumbre de celebrar el 3 de mayo o día de los albañiles, fiesta en la que se consagra una cruz en la obra y se ofrece una gran comida que siempre termina en borrachera. La creencia de los obreros al bendecir la construcción es para que no haya accidentes pues, como refiere En el hoyo, de Juan Carlos Rulfo, documental que sigue la construcción del segundo piso en el periférico defeño: "Todas las grandes obras necesitan almas para que amarre. Es el diablo que pide una cuota de sangre".

Podría seguir enumerando grandes obras, como el castillo de Laeken o el Palacio de Justicia de Bruselas, edificados por Leopoldo II, de Bélgica, hermano de nuestra loca emperatriz Carlota, quien durante 33 años tuvo en el corazón de África su jardín real, y en el cual murieron brutalmente asesinados 10 millones de congoleños. El Puente Brooklyn en Nueva York, construido entre los años 1870 a 1883, donde murieron 27 personas, casi todos presos de cárceles federales. La torre Eiffel sólo cobró la vida de un obrero sentimental que, por presumir a su novia su hazaña de herrero calificado, en un día de asueto de 1887 se subió hasta la primera planta y cayó al vacío. La excepción de la regla sería el Cristo del Corcovado, en Rio de Janeiro donde milagrosamente no murió nadie en su construcción de 38 metros de altura.

Sin embargo, cuando he estado en algunos de estos lugares, por más que quiero verlos desde su magnitud y belleza me es inevitable dejar de pensar en la devastación y el crimen sobre los cuales muchos de ellos se han erigido. Así como la ocupación del Amazonas por madereros, fraccionadores, latifundistas y ganaderos que siguen quemando la selva por ganar más hectáreas de llano para engordar sus vacas, haciendo de Brasil el principal exportador de carne vacuna en el mundo. La interminable guerra de hutus y tutsis por el control y riqueza del Parque Nacional Virunga en el centro de África, hábitat del gorila lomo plateado. La explotación de la Selva Lacandona en el sur de México. La ruina del paisaje natural de Tabasco por los yacimientos de petróleo. Cada brillante que se regala en un anillo de compromiso y que también cobra su respectiva cuota de mineros. Después de leer Cambio climático ¿Apocalipsis ahora?, reportaje de Agustín del Castillo en el periódico Público (5/06/2009), y caer en cuenta que en nombre de la supervivencia, la civilización y el progreso seguimos talando, perforando, explotando, construyendo, pariendo, no me queda más que decir como el moribundo Kurtz, en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, "¡El horror! ¡El horror!"

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: Elsrodamons.org

viernes 5 de junio de 2009

El Aguascalientes






En el mundo literario ahora vivimos la época de los premios. El tiempo de los editores, como Carlos Barral, fue en los años cincuenta del siglo pasado. A finales de los sesenta los agentes literarios marcaron la pauta, no tener uno representaba para el escritor quedarse sólo en sus laureles. Despuntaron figuras como la catalana Carmen Balcells, quien por esos años visitó México con una agenda apretada de citas, entre ellas con Rulfo y Arreola, este último no supo exactamente qué era eso del agente literario y la dejó pasar. Pero desde hace por lo menos dos décadas la mercadotecnia nos ha alcanzado y las reglas del juego las rigen los premios literarios, más de tres mil al año en España y cientos más en México y Latinoamérica. Los hay chiquitos y grandes, de cuento, novela, ensayo, dramaturgia, poesía y más. Escritor que no tiene su premio pasa desapercibido. He estado en reuniones donde, al presentarme a alguien antes de su nombre me dicen, es premio tal, como si fuera un título de licenciatura o maestría.

Desde hace unas semanas se ha desatado un feroz debate entre poetas y amigos escritores, por si hubo intertextualidad o plagio en el reciente Premio de Poesía Aguascalientes otorgado a Javier Sicilia con Tríptico del desierto, cuando ha sido una tradición natural del ser humano una cosa y la otra. Desde que nacemos crecemos imitando a nuestros padres, tratamos de parecernos a ellos. En el caso de la literatura Rubén Darío cuando comenzó a escribir, imitaba de cierta manera a Gustavo Adolfo Bécquer, y Pablo Neruda en sus primeros versos quería seguir los pasos de Rubén Darío. Lo mismo le pasó a Jaime Sabines al tomar como ejemplo a Neruda. El trabajo de todo creador, el reto de todo artista no es redescubrir el hilo negro, sino reinterpretarlo a través de su experiencia de vida. Romeo y Julieta, la gran historia moderna de amor vio la luz en el siglo XVI, y desde entonces, poetas y narradores sólo hemos reinventado personajes y situaciones con lenguaje e imágenes actuales y propios.

Esta misma intertextualidad o representación la hemos visto en la pintura. ¿Cuántas versiones hay de Las Meninas de Velázquez? Picasso también hizo la suya, chuecas por cubistas, pero Meninas al fin. En arquitectura hay tantas similitudes entre las obras de Ricardo Legorreta con las de Luis Barragán en formas, espacios y colores que podrían confundirse. En cine es uno de los recursos más usados. Se repiten escenas de películas clásicas, como guiños o pequeños homenajes. Conozco a más de un director que siguen buscando los cielos de Gabriel Figueroa.

Nadie está ajeno a la intertextualidad y a la crítica. En mi novela El orden infinito, retomo a un personaje de Rulfo en Pedro Páramo: Abundo Martínez, el arriero que guía a Juan Preciado hasta Comala. Un personaje secundario y desdibujado que termina adquiriendo la fuerza necesaria para dar muerte a Don Pedro, su padre. También en mi novela, Abundio es un personaje secundario pero determinante para el desenlace. Como Caronte y Cancerbero, de la Divina Comedia de Dante Alighieri haciéndose presentes para guiar al capitán cristero Salvador Fonseca al infierno de la Hacienda Abajo.

En mis primeros libros de poesía hay sonetos semejantes a los de Amado Nervo, influencias de Elías Nandino, lo que le valió a mi poemario Del rojo al púrpura la ácida crítica de Luis Armenta Malpica en el diario Tabasco hoy (6/10/2002), “Y es que Rodolfo Naró atrajo para sí lo peor de Nandino: sus Alburemas”. Después vendría Sabines y en mis libros recientes de Pedro Salinas o Borges. Pues como declarara Francisco Hernández, jurado del certamen de este año: “Hay una frase de no sé quién que dice: la poesía debe estar hecha para todos. Eso fue lo que advertimos en el texto de Sicilia, estamos perfectamente conscientes de lo que estábamos haciendo y sabíamos de dónde venían las líneas y fragmentos que estaba usando”. Como el Premio de Poesía Aguascalientes se ha hecho polémico por ser parteaguas, la consagración para quien lo gana y más desde el año pasado que el jurado lo declaró desierto, manifestando que ninguno de los 207 manuscritos cumplía con el nivel de excelencia indispensable para el prestigio del Premio, asimismo Tríptico del desierto, el nuevo libro de Javier Sicilia, fiel a su estilo de dialogar con sus maestros, seguirá despertando conciencias en cada lector.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: La Jornada Semanal, poster de celebración de los 40 años del Premio de Poesía Aguascalientes.

sábado 23 de mayo de 2009

Carlos Salinas de Gortari






Sólo tres veces he estado en Los Pinos. A finales de los setenta mi padre era Presidente Municipal de Tequila y resultó que los antepasados de José López Portillo eran de allí. Por lo que en varias oportunidades su familia estuvo en mi casa. Con todo despliegue de seguridad. Eran los tiempos de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Se organizaba comida para más de 200 personas, y en autobuses oficiales, llegaba Doña Cuquita, madre del presidente, y sus hijas Alicia y Margarita López Portillo, con ellas iban escritores, actrices, pintores, periodistas, empresarios de distintas Cámaras, diputados, los alcaldes de Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque, guaruras y coleros. El gobernador y su esposa arribaban en helicóptero. Los recibían con una margarita hecha con tequila Orendain y música de marimba. Eran comidas para hacer acuerdos, inaugurar escuelas, poner la primera piedra de un campo de juego.

En retribución, cuando mi madre, en su calidad de Presidenta del DIF Municipal, viajaba a la Ciudad de México a arreglar algún asunto de su cargo, empataba el viaje con la periódica revisión médica de mi columna. La señora Margarita mandaba un chofer por nosotros al hotel donde nos hospedábamos. Entrábamos por la puerta 2, llevando como regalo, siempre lo mismo, una orquídea natural en una caja cuadrada, que yo entregaba a la hermana del presidente. Por ese entonces yo tenía 10 años de edad.

Fue hasta mis 22 cuando volví a entrar a Los Pinos, por la misma puerta 2. Gobernaba Carlos Salinas de Gortari. El hermano de mi cuñado trabajaba en la Secretaria Particular y en un viaje que Jaime hizo al DF me pidió que lo acompañara a saludarlo. A lo mejor conoces al presidente, me dijo, sabiendo de mi admiración por él. En mi oficina tenía colgada la foto oficial de su sexenio, seguía sus discursos y hasta imitaba su tono pausado al hablar. El presidente era muy metódico y el hermano de Jaime, conociendo su agenda, me pidió que le trajera su portafolio del auto. Al salir, vi al presidente caminar hacia mí, iba hablando con algún secretario. Me quedé paralizado. Ahora entiendo porque Diego Fernández de Ceballos, quien fuera en lo público su acérrimo enemigo y en lo privado un colaborador más de sus triquiñuelas, sigue acatando sus órdenes, según relata Carlos Ahumada en su libro Derecho de réplica. Pasó a mi lado sin notar mi presencia y yo no atiné siquiera a decirle: sí, presidente.

Hace 20 años de ese encuentro, y Salinas aún sigue manejando los destinos del país con la caja chica de sus ahorros. Tampoco me sorprende la cobardía de su predecesor Miguel de la Madrid que siempre ha sido corto de vista y falto de tamaños como él mismo lo expresa al referirse a Joaquín Hernández Galicia, líder del sindicato de petroleros de aquel entonces: “Yo lo fui evitando a lo largo de mi gobierno porque era un líder muy fuerte y no quise arriesgarme a tener un enfrentamiento violento con él”. Así también, en la misma entrevista con Carmen Aristegui al preguntársele cómo se siente al haber designado a Carlos Salinas como su sucesor en la Presidencia de la República, confiesa: “Me siento muy decepcionado, me equivoqué”.

Lástima que no podemos conocer la opinión de José López Portillo sobre él. Miembros distinguidos del partido que enarboló los principios de la Revolución y que gobernó por más de 60 años cada municipio de este país, llevando la corrupción a todos los niveles de gobierno, prostituyendo a la clase política mexicana y cada seis años montando el teatro de las elecciones presidenciales, cuando es preferible que democráticamente todos digamos “nos equivocamos” como sucedió con Fox y no dejar que un pobre hombre cargue con ese peso en su conciencia. Hace unos días Miguel de la Madrid se ha desmentido diciendo que padece “serios problemas de salud”, los cuales me constan. El mes pasado coincidí con él en el cine de Altavista, me sorprendió verlo caminar lentamente cogido del brazo de un guardaespalda, tan achicado que, si no fuera por su esposa, habría pasado desapercibido.

Hace muchos años que tiré a la basura todo recorte que tenía de Carlos Salinas y hasta su tarjeta personal que llegó a la casa de mis padres unos días antes de la boda de mi hermana. Sólo conservo el regalo que mandó y que tanto ella como mi cuñado, al separarse, no quisieron conservar. Es una pequeña bandeja de plata que, como las promesas de matrimonio y de gobierno, tampoco ha servido para nada.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Archivo personal del autor. © Rodolfo Naró, 2009. Todos los derechos reservados.

sábado 9 de mayo de 2009

Influenza





Extraño mi vida de antes. Desde hace una semana estoy refugiado en mi casa, sano y salvo, con suficiente comida para resistir. Leyendo como un condenado, como no tengo televisor y me han cerrado el cine que me queda a una cuadra y es mi vía de escape nocturna, sigo con mis lecturas atrasadas, libros, diarios, revistas, buscando en internet lo que resulte. Cuando me asomo por la ventana veo las calles del DF desiertas, sin ruido. Parece la adaptación al cine de la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera. He leído ya tantas historias que también me recuerdan a Rec, la película española sobre un virus mutante que hace que se coman unos a otros.

Esta influenza ataca por igual a chicos y grandes, ricos y pobres, políticos o deportistas, como el caso de Manuel Camacho Solís que estuvo hospitalizado, varios días en Terapia Intensiva al borde de la muerte o Mario Ordiales quien apenas al llegar de Estados Unidos cayó en cama y ayer fue dado de alta. El primer brote de influenza en el siglo XX, el más crudo en el mundo ocurrió entre octubre de 1918 y verano de 1919, propagado por los movimientos masivos de soldados de la Primera Guerra Mundial. La gripe española como le decían, por ser España el primer país que masivamente la dio a conocer, cobró la vida de casi 50 millones de personas en todo el mundo. Sólo 25 millones en las primeras tres semanas en Europa, 17 millones en India y más de 5 mil muertos en México, el último mes de de 1918.

Aquella influenza era del tipo A H1N1, igual a la que ahora tenemos en México, la cual se originó en un pueblo de Kansas, Estados Unidos y viajó por barco en las alforjas de los soldados que la contagiaron a los otros en los campos de batalla, al besar a las mujeres que enamoraban o simplemente por un escupitajo. Muchos pensaron que era un arma bacteriológica de los alemanes, acusación que pronto se resolvió al quedar diezmado un batallón en Boston, Massachusetts, que esperaba su turno para embarcarse a Europa. En un mes cobró la vida de 45 mil soldados.

Seguramente el más ilustre de aquellos enfermos fue el pintor Egon Shiele quien murió el 31 de octubre de 1918, tres días después de Edith, su esposa, con seis meses de embarazo. Shiele tenía 28 años y había sido un destacado alumno de Gustav Klimt. A Shiele la sociedad austriaca lo consideraba un pervertido y fue muy criticado por sus desnudos expuestos, por las poses provocativas de sus modelos, las que algunas veces eran menores de edad. Estuvo en la cárcel y muchos de sus cuadros se quemaron. Sería hasta 1928 cuando el científico escocés Alexander Fleming descubrió la penicilina, la que más tarde estandarizaría en el mundo Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial, lo que contribuyó a que la influenza de 1968 sólo matara en Hong Kong a un millón de personas y controló la gripe aviar del tipo H5N1 que también azotó a China en 2003.

En el diario leo que la Organización Mundial de la Salud desde el 2 de abril alertó sobre un brote de influenza en una granja de cerdos en Perote, Veracruz, que por esos días 400 personas fueron atendidas en hospitales de la región. Ocasionando así una baja en el precio de la carne de puerco, tan perseguido y satanizado desde antes de la Era Cristiana que, por ser tan parecido su ADN al del humano es muy fácil que también enferme de gripa.

Se han suspendido labores. Han cerrado cines, teatros, conciertos, el fútbol. Antros. Table dance, si las prostitutas antes no besaban, ahora menos. Los restauranteros al borde de la quiebra. La gente sale con los carritos del supermercado copeteados de alimentos y montones de películas de Blockbuster. Los vuelos de México a Cuba y Argentina se han prohibido. Los periódicos hacen guías de entretenimiento en casa para no aburrirnos en tiempos de influenza, para entretener a los niños que han dejado los parques desiertos de sus gritos. Pero pocos recomiendan qué leer. La televisión hace su agosto. Los gobiernos de cada estado de la república dan su versión, manipulan cifras lo más que pueden. Los partidos políticos a punto de elecciones se pelean el protagonismo, la repartición de tapabocas. Lo que ha disparado incontables teorías de complots. ¿Llegará a ser delito andar por la calle con la cara descubierta? Mientras tanto seguimos aguantando en silencio, callados, con un mini burka tropical de oreja a oreja.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: El economista.

jueves 30 de abril de 2009

El lector





Ayer fui al cine a ver El lector y me pasé toda la película llorando. Pero no es de la nueva peli del alemán Stephan Daldry de lo que quiero contarles ni del libro de Bernhard Schlink que apenas rebasa las doscientas páginas y que Audomaro Hidalgo me regaló hace por lo menos tres años, con una especial recomendación. Tampoco les quiero repetir lo que he leído en tantas críticas y periódicos sobre el libro y la película, que es una nueva historia del Holocausto, que si en algunos países la consideraron porno soft o como me dijera Carmen Boullosa el mes pasado que cené con ella, Schlink sabía que escribía un best-seller, le puso todos los ingredientes: Segunda Guerra Mundial, historia de amor transgresora con un adolescente y un misterioso pasado nazi de la protagonista.

A mí El lector no me pareció ni una cosa ni la otra, y si toda novela se escribe desde una emoción, sería la cobardía la que definiría cada gesto de los personajes, dos almas solitarias que se encuentran, sin importar su edad se enamoran, pero no se atreven a vivir su romance y por no enfrentarse a su pasado el presente termina cercándolos hasta tener un futuro sin cabida para arrepentimientos. Así he vivido yo los últimos 40 años de mi vida, evadiendo el presente. Por cobardía no viajé cuando pude, no aprendí otros idiomas. Los meses que estuve en Toronto, Canadá estudiando inglés, lo que no entendía no lo preguntaba, prefería evadirme, pasarme las 4 horas de clase en la librería Índigo, viendo libros, tocándolos, tratando de comprenderlos. Ahora me doy cuenta que, como Hanna Schmitz, en este tiempo quien no habla inglés también, de cierto modo es analfabeta.

Por cobardía estuve 18 años en la misma oficina, haciendo un trabajo que no me gustaba, aunque sí me implicaba retos y un buen nivel de vida, por cobardía no buscaba más, rehuía mi destino. Estuve en la posición cómoda de no querer volver a empezar. Era gerente de ventas de una empacadora de alimentos. Viajé por el país vendiendo mermeladas y chiles al mayoreo, acumulé kilómetros en las líneas aéreas, novias en cada ciudad y amigos que sólo hablaban de autos, cuotas y clientes. De mujeres que seguían añorando.

Sin embargo la peor de mis cobardías ha sido en el amor. No decidí oportunamente lo que me convenía. Nunca llegó el momento justo para formalizar una pareja, cimentar una familia, hijos. Presa del miedo no he podido defender mis sentimientos y he dejado para mañana el día que vivía con intensidad. Prefería escribir poemas, verme a la distancia como un personaje de novela, al que de un plumazo le puede cambiar la vida. Ahora no quiero repetir nombres de esas mujeres que en la playa o en el coche, mientras conducía, me leían sus libros de cabecera, sus autores favoritos.

Hasta hace un par de años he podido recomponer un poco. Sintiendo que así me liberaba de culpas cogí mi agenda y hablé por teléfono con mis antiguos amores. Fue una semana intensa. Una por una, cada noche las invité a cenar y en el momento del postre les pedía que me contaran lo que habían padecido a mi lado. De verdad quieres que te diga lo que pienso de ti, las escuchaba a punto de enfurecer. Fue como destapar la caja de pandora, una cloaca inmunda de suposiciones y malos entendidos. Escuché cosas monstruosas que podría asegurar jamás haber vivido.

Por eso quizá la película El lector cumplió su cometido y me confrontó. Eso debe ser el arte, un reflejo de nuestras fantasías y frustraciones, también de la vida misma. Recordé la noche en que terminé de leer el libro, el cual dilaté para no acabarlo pronto y cuando llegué al final, sentado en un autobús que no merecía la pena ser testigo del acontecimiento, aguardé hasta llegar a mi casa y terminarlo en mi estudio con música de Chopin y una copa de vino. Reflexioné acerca de cómo viven el amor los alemanes y los latinos, mientras que en El amor en los tiempos del cólera Florentino Ariza espera 50 años por el amor de Fermina Daza en El lector Michael Berg después de 18 años no sabe qué hacer con lo que siente por Hanna Schmitz. Releí los fragmentos que me habían conmovido, me terminé la botella de vino y me quedé dormido con el libro en el regazo, sintiéndome por primera vez el protagonista de mi propia película.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: The window blue. Todo cine. / Trailer de la película / En La Butaca / La novela El Lector en wikipedia

martes 21 de abril de 2009

Nombre propio






“Por el registro extemporáneo se le impuso al compareciente una multa que cubrió en la Tesorería Municipal”. Así dice mi acta de nacimiento enseguida del nombre de mi padre. Siendo el cuarto hijo de un médico de pueblo que viene de una familia numerosísima, tías que parieron una docena de hijos en promedio, pero que llegaron a alcanzar la veintena, como presumía mi tía Adela, de los cuales sobreviven 18, todos con dos nombres. Además si agrego que en el pueblo de mi padre se casaron tres hermanos de una familia con tres hermanas de otra, siendo mis abuelos paternos una de esas parejas, la repetición de nombres es un exceso.

Mi madre había resuelto llamarme Luis Fernando, como su único hermano, pero a mi papá le sonaba pomposo e imperialista, además que no quería un nombre repetido, por lo que hizo consenso familiar con sus tías, que para ese entonces muchas eran viudas y como rezaba la costumbre en la familia, vestían de negro desde el día de su viudez hasta el de su muerte, algunas desde los 38 años de edad, como mi tía Concha, quien no se quitó los trapos negros hasta los 68 que murió. Me cuentan que se reunían alrededor de mi cuna y opinaban entre ellas: la cara de quién sacó este niño. Se parece a mi hermano Fernando, sólo que él tiene los ojos azules, contestaba mi madre, confundida entre tantas opiniones.

El nombre marca a las personas, les delinea el destino, puede hacerlos únicos o dueños de una “patente”, como el caso del Cuauhtémoc político y el futbolista que no necesitan de su apellido para hacerse familiares. En la literatura ningún escritor es tan cercano como el Gabo. Lo mismo sucede con los apodos que también se heredan, en la universidad a mi mejor amigo le decíamos El Pollo y pocos sabían que se llama Alfredo Castellanos, ahora a su hijo mayor también le dicen así. El absurdo es cuando los hijos no saben ni cómo se llamaba su padre, les pasó a los Rulfo, cuando se enfrascaron en un pleito con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que cada año otorga el galardón Premio FIL, antes llamado Premio Latinoamericano y del Caribe Juan Rulfo, los cuales perdieron la demanda por no poner en los documentos oficiales el verdadero nombre del escritor: Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno.

El colmo ha ocurrido en los últimos años que ya no hemos sabido “bautizar” espacios públicos, teatros o museos y los denominamos con nombres genéricos, como Auditorio Nacional o Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México resumido simplemente en AICM. El abuso de las marcas por ostentar su liderazgo, en lugar de usar el nombre de artistas, científicos y próceres, nos ha llevado a tener un Centro Banamex y en Guadalajara un Auditorio Telmex. No me extrañaría que pronto haya una Plaza Jabón Roma, un Museo de Arte Contemporáneo TV Azteca, un Pasaje Durex o una Universidad Bimbo.

Lo difícil es encontrar una palabra que determine, constituya y defina, acertar el nombre adecuado para un libro, un poema o para cada columna. A mi padre le sucedió igual conmigo. Habían transcurrido casi seis meses de mi nacimiento y yo seguía sin bautizar, sin registrar y sin nombre, tan preocupante era el asunto que Carlota, mi abuela materna, me llamaba Sotero como el santo patrono del día en que nací. Hasta que terminaron de recorrer trescientos años de mi árbol genealógico resultó que no había ningún Rodolfo en la familia y ya no quisieron entretenerse en buscar el segundo nombre.

Como ya había pasado tanto tiempo y él atendía hasta 16 partos diarios, no supo qué contestar al preguntársele la hora de mi nacimiento y dijo la primera que se le vino a la cabeza. Lo peor vendría muchos años después. Al hacerme una carta astral, Patricia Burguete necesitaba la hora precisa, al preguntarle a mi madre y a mis tías también se confundieron con los horarios en que nacieron mis hermanos, pero terminaron asegurando que sí era correcta la fecha del 22 de abril como se lee en mi partida de nacimiento. De cualquier manera me hice la carta y he seguido mi destino, tan aventurado como el del hijo planificado a quien le apartan su lugar en la escuela y se le escoge el nombre con años de anticipación.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Archivo personal del autor / © Rodolfo Naró, 2009. Todos los derechos reservados.

lunes 13 de abril de 2009

Neo-románticos






Los neo-románticos usan Converse. Pantalón de mezclilla prearrugados que arrastra y camiseta sin consignas sociales. Los más jóvenes se fajan el pantalón a media nalga, dejando ver un estampado calzón como símbolo de desparpajo, sin embargo todo está medido y calculado. Aunque parezca que están recién levantados o presuman que no se bañan desde hace tres días, es sólo pose. Han dejado de usar el saco para las grandes ocasiones, desterraron para siempre las corbatas y no tiene ropa reservada para el domingo, así como van a la universidad también lo hacen para la fiesta del sábado por la noche. Las mujeres odian la silicona. Dejaron de usar vestidos y la minifalda, a pesar de sus michelines adoran los pantalones a la cadera y enseñar el tanga de hilo dental al sentarse es parte de su coquetería. Como odian los zapatos de tacón y las medias, también llevan Converse, tiene un par de tennis para cada ocasión. La igualdad de sexos las hace besarse con chicos y chicas, es como un pacto de hermandad con su mejor amiga, sin haber en ello nada de desviación, es un free, una constante búsqueda espiritual.

Los neo-románticos son hijos de los yuppies y odian a los metrosexuales. Pero contrario a sus padres desprecian el dinero, la política y las relaciones de ellos para allanarse el camino. Quieren conseguirlo todo con sus propios méritos, pero no les gusta caminar, en México jamás usan el metro, el transporte público o el camión para ir a Acapulco, sin embargo a Europa se van de mochila con mil euros en el bolsillo, buscan albergues baratos y el transporte colectivo. Llevan una tarjeta de crédito de papá por cualquier eventualidad. A los 25 años de edad ya hablan tres idiomas, aunque no puedan escribir bien español. En su imaginario creen que todo mundo nace bilingüe. Aunque la mayoría no nació con la computación, han aprendido rápido el cyberlenguaje. A pesar de tener siempre el celular a la mano, no lo usan como teléfono sino como otro medio más para navegar. Tienen maestría y doctorado antes de los 30, cultura Animal Planet y recuerdos como videos de youtube. Ya no usan lentes de contacto, sino de gruesa pasta de colores vivos. Leen libros manga, novelas gráficas y adoran las películas de Tim Burton y Zack Snyder.

Para ellos la música de ayer es la de hoy. Escuchan versiones remasterizadas de Depeche Mode, Queen, y Rolling Stone. Bailan a brincos. Van a conciertos de Raphael y Chavela Vargas. Creen que inventaron el yoga y los extremistas se afilian a PETA o Greenpeace. Por lo general no mezclan bebidas, lo de ellos es la espiritualidad, así que beben mucha agua, porque la tacha les reseca la boca. Constantemente están viajando y todo les parece que está a la vuelta de la esquina. Se mimetizan con el paisaje y dan igual importancia a las ciencias exactas que a las artes. Sienten pasión por el cine. Lo de ellos no es la actuación, pues andan sin caretas por la vida. En su fuero interno palpita el sueño de dirigir. Ser director de su propia película. Hace unos años conocí a Juan Luis. Él en ese entonces tenía 22 años. Es hijo de un tiburón financiero, que no sólo manda a hacer sus trajes y camisas, a las que les borda su nombre, sino que calza zapatos a su justa medida. A Juan Luis le gustó la poesía. Prefiere leer a Byron en su idioma original, escribir, editar libros y revistas, producir publicidad, imaginar nuevas campañas ecológicas y jugar Xbox solo en su casa, con amigos que pueden estar a miles de kilómetros de distancia, en cualquier ciudad del mundo.

La única constante que no ha variado es la búsqueda del amor, el miedo a la soledad. Pues a pesar de ser una generación cada vez más individual encuentran compañía en el chat, Facebook o en match.com. Son otros códigos igual de efectivos y comprometedores. A ellos, la Generación Cero, como les han denominado los antropólogos, por encontrarse con cero posibilidades de empleo, cero perspectivas y cero independencia económica, son el triunfo y la derrota de sus padres workahólicos, que pusieron de moda el golf, de nuevo el martini y Lacoste. Ellos los neo-románticos que repudian la guerra y beben infusiones, Chai Latte o mokaccino, desde un sillón de Starbucks, enchufados a su ipod, ven pasar el día y no hacen más que esperar.
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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original
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domingo 29 de marzo de 2009

El luchador






Aunque esta columna debería llamarse El Santo o Blue Demon la he titulado con el nombre de la nueva película de Mickey Rourke pues con su soberbia actuación ha posicionado de nuevo a la lucha libre en el olimpo de los deportes. En Tequila cada sábado se estrenaba una película de El Santo, podía ser contra las momias de Guanajuato, los zombis o las mujeres vampiro. Era lo más parecido al James Bond que teníamos en México. Autos deportivos, bellezas esculturales y seductoras, donde el bien siempre triunfaba sobre el mal. Nunca me perdía las tres películas que pasaban de un tirón. El intermedio entre una y otra era de quince minutos, que aprovechaba con mis amigos para ponerme mi máscara y luchar entre los pasillos, probar nuevos saltos y llaves. Acabábamos casi asfixiados, con el cabello empapado de sudor. No había nada que nos aplacara, en casa seguíamos aventándonos del ropero, de las literas de mis hermanos, y en la noche dormía envuelto en mi capa, con la máscara bajo la almohada.

Pero contrario a lo que suponen, mi luchador favorito, no era El Santo ni Blue Demon sino Tinieblas el Gigante. Como siempre fui bajo de estatura por mi columna chueca, yo quería ser igual que el más grande luchador mexicano. Compraba sus cuentos de historietas y en la cabecera de mi cama pegaba sus fotos y pósters. Muchos años después, viviendo ya en el DF, mi sorpresa vendría cuando conocí a Fanny. Salimos durante varios meses y ya cuando pude ser digno de confianza para ella y su familia una noche de arrebato me confesó que su padre era Tinieblas el Gigante.

Todo coincidía, la miré con otros ojos. Su estatura, el recuerdo de las manos descomunales de su padre al saludarme y contrario a lo que cualquiera pensaría, había cierta timidez en su mirada. Para un enmascarado como es el caso de los luchadores en México, su máscara es su rostro, su identidad. Sacrifican la fama y el reconocimiento que les da la máscara, pues sin ella son totalmente anónimos, un transeúnte más. Supongo que debe ser una decisión difícil entrar al mundo del cuadrilátero y decidir si serás rudo o técnico, si cubrirás tu rostro y tu nombre. Sé de luchadores que ni a sus hijos, cuando son pequeños, les revelan su identidad, es como llevar una doble vida, como ser el Subcomandante Marcos y ocultar la identidad tras un pasamontañas. La siguiente ocasión que estuve en casa de Fanny me llevó al gimnasio donde estrenaba Tinieblas y que tenía instalado en un tercer piso. Ahí volví a ver sus botas, trofeos, las películas que yo imitaba en los pasillos del cine. Estaba en la casa de mi héroe, por fin le había visto los ojos y hasta me había besado con su hija.

Después de ese día entendí porqué cuando íbamos a la Arena México no pagábamos la entrada y nos recibían a cuerpo de rey, con asientos en primera fila, no como en la “arena” de Tequila a la que iba de niño cuando llegaban a pelear luchadores de quinta y que se improvisaba en el palenque de gallos. No hay mejor lugar para desahogarse como en la lucha libre. A voz en cuello ahora sí podía gritarle a los rudos que tanto odiaba, hacerle segunda a una vieja que se desgañitaba mentándosela y ventilando sus frustraciones a Rey Misterio, que al cabo iba bien acompañado y desde mi asiento veía como todos en la México cuidaban a la rubia que estaba conmigo.

Hay pasiones que nunca mueren y la mía por la lucha libre sigue siendo tan vigente que a veces he vuelto al ring a levantarme el ánimo, saludar a los amigos que hice y ver luchar a Invisible, un personaje de mi novela Un dardo en la voz que antes de salir al cuadrilátero me dijo: arriba del ring soy un animal, mato. Es una lucha cuerpo a cuerpo, donde se lastiman, se fracturan huesos, y acaban con la cara, la espalda, las manos hechas trizas. Un reto máscara contra cabellera es el mayor al que se puede enfrentar los luchadores, perder la identidad o el pelo en tan sólo tres caías sin límite de tiempo. Hace unos días que fui al cine a ver la película El luchador de Darren Aronofsky confieso que llevaba conmigo la máscara de otro de mis ídolos y en el último asalto de Randy The Ram Robinson quise gritar ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

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jueves 19 de marzo de 2009

Donante






Me gustaría seguir viendo con los ojos de otro cuando muera. Que mi corazón siga llevando ilusiones a los pensamientos de una mujer enamorada. Que mi hígado siga destilando nuevos sabores, especias, magníficos vinos. Todo comenzó con un poco de sangre cuando en 1901 el doctor Karl Landsteriner, Premio Nobel de Medicina en 1930 la clasificó en sistema ABO y décadas más tarde en Factor Rh. A mí me la cambiaron toda cuando me operaron de la columna. Ignoro si fue de una misma persona o de varias, pero como tengo una sangre muy corriente, O positivo, pudo haber sido de cualquiera. En febrero de 1983 en el consultorio del doctor Héctor Peón Vidales mi padre le preguntó si era segura, por esa enfermedad nueva conocida como AIDS, el SIDA aún no tenía traducción al español. El ortopedista le aseguró que estaba más que analizada y programó la operación para el 27 de julio del mismo año. En total fue más de un mes de hospitalización, ocho horas de quirófano, seis litros de sangre y, de las minas de Zimbabwe una aleación de platino con otros metales, para la barra de Harrington que rige a mi columna.

Cuando Edith Oropeza era editora de la revista Marie Claire, hizo un reportaje sobre fertilización in vitro, y visitó las instalaciones del Instituto Médico de la Mujer, entonces supimos que no sólo parejas infértiles acudían a ellos, también iban chicas solas que querían ser madres, mujeres al límite de edad fecunda que no tenían con quien procrear y un alto índice de lesbianas que vivían una relación estable con su pareja. Entre los servicios que ofrecían estaba un listado enorme de las características del donante de semen: estatura, color de ojos, cabello, medidas corporales, ascendencia, nacionalidades. Había donantes de Holanda, Francia, Inglaterra. Cualquier país europeo era el mayor competidor contra los de Estados Unidos, Argentina, Veracruz o Guanajuato. Así la mujer podía escoger al hombre de sus sueños entre más de 250 candidatos y tener un hijo de ese perfecto desconocido. Todo estaba garantizado, decía el informe al pie de página.

Eso fue hace seis años. Ahora leo que en Estados Unidos hay una clínica, LA Fertility donde los futuros padres no sólo pueden escoger el sexo del hijo, sino también el color de ojos, de cabello, quizá hasta el carácter. Sin embargo, otra cara del átomo de la ciencia ha descubierto el poder sanador de las células madre de la sangre del cordón umbilical. En la Feria del Libro de Guadalajara del año pasado conocí a Alejandro Gómez de la empresa mexicana Sangre de Cordón y me explicó que en la gestación, esas células son productoras de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas que sirven para el tratamiento de leucemias, linfomas, diabetes, parkinson, cardiopatías y un sinfín de complejas enfermedades cerebrales, reumáticas, medulares. La criopreservación o congelamiento de las células a -190 grados centígrados las mantiene vivas pero inanimadas. También sirve para la regeneración de órganos, así como a la lagartija le vuelve a salir la cola si se la cortan, el hígado del humano puede regenerarse y crecer a partir de un pequeño segmento sano del mismo. Mientras que en Francia en 2005, se le hizo a una mujer el primer transplante de rostro y en Alemania, el año pasado a un agricultor le implantaron dos nuevos brazos que había perdido en un accidente laboral y en China en 2006 han hecho el primer y único transplante de pene, quizá en pocos años podamos auto regenerarnos igual que las lagartijas.

Y como yo he sido un paciente activo de la ciencia médica y he recibido la donación de tornillos y fierros de tierras lejanas no tengo empacho en donar sangre a la Cruz Roja Mexicana cuando está la campaña o en poner sí en mi licencia de conducir a la pregunta ¿donador de órganos? Lo único que lamento es no poder ser un donante de semen para esos centros especializados, pues por el gen de la columna chueca que heredé de mi madre y ella a su vez de mi abuela es posible que un hijo mío también tenga la escoliosis congénita que me sobrevivirá en una barra de finísimo platino.
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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com

jueves 12 de marzo de 2009

Cruce de vías






A caballo, Tarumba / hay que montar a caballo / para recorrer este país, / para conocer a tu mujer, / para desear a la que deseas, / para abrir el hoyo de tu muerte, / para levantar tu resurrección. Jaime Sabines escribió estos versos en 1956 cuando el tren todavía surcaba los aires de México, y digo los aires porque su sonido se escuchaba desde muy lejos. Era el progreso que parecía imparable cuando la época de Don Porfirio. Antes de él, en 1875 teníamos sólo 500 kilómetros de ferrocarril cuando Inglaterra tenía 22 mil. Durante su largo régimen, de 1880 a 1911 se tendieron 25 mil kilómetros de líneas y en 70 años de priismo sólo 5 mil más. Esos mismos ferrocarriles que el porfirismo tendió como una red para llevar orden y progreso sirvieron para que terminara de atraparnos en una revolución por la que muchos políticos todavía suspiran.

Escribo con la nostalgia del tren. Mis padres y yo cada seis meses abordábamos el que nos llevaría de Tequila a la Ciudad de México a mi revisión de la columna vertebral. Subíamos a las seis de la tarde. Apenas paraba unos minutos, todo era tan rápido que a veces no había tiempo para despedirnos de mis hermanos. A las 8 de la noche entrábamos a Guadalajara, donde nos asignaban una alcoba con litera, baño privado y agua corriente. Para cenar, en más de un invierno mi madre se ponía una estola de zorro para ir al vagón comedor, de manteles largos y lámpara Art Déco en cada mesa. Nos recibía el capitán de meseros para asignarnos la nuestra, que siempre estaba junto a una ventana por donde veíamos pasar la noche, las luces de un caserío perdido a lo lejos. Podíamos pedir filete mignon, spaghetti o cualquier sugerencia del chef. Se descorchaban botellas de vino y al terminar pasábamos al vagón fumador a tomar el digestivo, o mi madre un cognac, en su copa enorme, típica de película, con oleaje incluido por el traqueteo del tren.

Para despertarnos, a las 7 de la mañana, un hombre pasaba sonando una campanita, anunciando el servicio de desayuno. Huevos a la mexicana, chilaquiles o hot cakes. Obviamente éramos los mismos de la noche anterior sólo que un poco maltrechos y despeinados. Además de ser un viaje largo, era un viaje interior que se diluía con la lentitud de las horas. Hace un año que fui a Chicago a presentar El orden infinito y en Union State abordé un tren que me llevó a Detroit. Fue un recorrido de cinco horas. Era el mediodía del martes de carnaval y mientras en el Puerto de Veracruz, estaban de rumba, nosotros habíamos amanecido a 6 grados centígrados bajo cero. Todo estaba nevado y por mi ventanilla veía autos sepultados por la nieve, albercas semi congeladas, un campo blanco sólo trazado por las múltiples vías oscuras del ferrocarril y al pasar cerca de un canal navegable del Lago Michigan distinguí, semejando a un cementerio, pequeños yates en tierra, cubiertos con lonas, aguantando sus altos mástiles el viento y la nieve. A lo lejos los árboles, más flacos que el hambre, pero fuertes como la esperanza de la primavera.

Esa esperanza también me hacía estar alerta, por si un cruce de vías me hiciera encontrarme con mi destino. En mis viajes de adolescente al Distrito Federal a mis rutinarias revisiones médicas de columna, cuando viajaba solo, más de una vez tuve cruce de miradas en el vagón fumador, que terminaban siendo amores fugaces con mujeres mayores que yo. Solitarias y compulsivas, me hacían seguirlas de vagón en vagón, o algunas veces abiertamente me preguntaban ¿en tu alcoba o en la mía?

El tren en México no ha sobrevivido a tantos embates de malos gobiernos, al veloz crecimiento de las líneas aéreas, a la desleal competencia de las carreteras, con el impulso de las concesiones a las grandes constructoras, el cobro de peaje, el uso de gasolinas y supongo que hasta el entuerto con fabricantes de automóviles. Hemos seguido impulsando el uso del carro, abarrotado a las ciudades de microbuses, de coches, hemos dejado el Metro sólo para el Distrito Federal y en lugares como Guadalajara, Aguascalientes, Morelia o Monterrey donde ya es indispensable, se siguen construyendo grandes avenidas, pasos a desnivel, túneles que consumen energía eléctrica las 24 horas del día y que a los pocos años resultan insuficientes. Seguimos el modelo gringo de no caminar y hemos hecho del caballo un motor que nos está llevando no a conocer a nuestra mujer ni a levantar nuestra resurrección sino a abrir el hoyo de nuestra muerte, lenta.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Fotógrafo Pablo Checu, su portafolio en flickr Cementerio de Trenes

miércoles 11 de febrero de 2009

El buen canario





No he sido muy aficionado al teatro, confieso que el cine, conmigo, le ha ganado la batalla. Además de que las butacas siempre son tan estrechas e incómodas como el asiento de un autobús de segunda clase, necesito que sea una obra contundente, que me haga reflexionar o me confronte, como Arte de Yasmina Reza (Premio Molière) que es la obra más representada en la historia del teatro mundial, en más de 35 idiomas. O aquella puesta memorable de Ignacio López Tarzo y Héctor Bonilla en El vestidor de Ronald Harwood. O la reciente Pillowman de Martin McDonagh. El teatro en México se ha tornado a la comedia y el albur fácil, tratando de aprovechar el éxito de la telenovela, en taquilla. Algo así me suponía que vería en El buen canario de Zach Helm, con Irene Azuela, Daniel Giménez Cacho Bruno Bichir y Diego Luna, entre otros, haciendo que el estreno coincidiera con Rudo y Cursi en cartelera. Todo es mercadotecnia, me dije. Pero tuve la oportunidad, antes de ir al Teatro de los Insurgentes, de buscar las críticas, de escuchar distintas opiniones y de leer el guión que editorial Sexto Piso editó en un libro digno de coleccionar.

El teatro estaba lleno, como han sido todas las funciones. Casi mil personas nos sentamos a ver la obra que comienza con Annie (Irene Azuela), sola frente al público haciendo una reflexión sobre el crecimiento personal y las condiciones naturales de la vida humana. Inmutable, se dobla y comienza a vomitar en un ataque de bulimia que volverá a suceder en varias ocasiones más durante el transcurso de las dos horas y media que dura la obra. Ella es el corazón del texto que Zach Helm escribió cuando tenía 22 años de edad, quizá autobiográfico, Helm a declarado que él sin su esposa no es nadie, así como Annie y Jack Parcker (Diego Luna), un escritor que firma un contrato millonario, en dólares, después del éxito de su reciente libro. Para Jack, Annie lo es todo y en cierto momento tendrá que decidir entre seguir escribiendo o salvar su amor. ¿Hasta dónde uno es necesario en la vida del otro?

Para muchos ella es una enferma que ama las anfetaminas más que a su propia vida, para algunos, que es mi caso, necesita amor, atención. ¿Cuántas veces he escuchado eso antes? Quizá ahí radica el éxito de El buen canario, que ha captado público de diferentes edades y estratos sociales, porque todos hemos sido Jack o Annie alguna vez. Los diálogos son inteligentes, mordaces, duros, te confrontan y te mantienen pegado a la butaca con la boca seca cuando escuchas decir a Annie: “¿Por qué debo luchar para vivir? ¿Qué gran premio me espera por seguir viva otros cincuenta años? Si la vida que dejé atrás fue inigualable. ¿Por qué si llego a los cien años y muero en paz en mi cama, sería más valioso que si hubiera muerto esta mañana? No hay escapatoria. No hay otro lugar. Donde quiera que vaya sigo estando en esta jaula.” Palabras semejantes me cruzaron el corazón y a veces también me he sentido encerrado en una jaula de ilusiones y miedos que no me han dejado vivir. Uno mismo va creando sus propios métodos de defensa que tarde o temprano comenzarán por revertirse.

El buen canario no es tanto la presencia de Diego Luna o la extraordinaria dirección de John Malkovich, a quien todo mundo recuerda como el seductor vizconde Valmont en Relaciones peligrosas ni es la sofisticada escenografía e iluminación que transporta, adaptación de Sergio Villegas, que en una de las escenas más conmovedoras donde Annie y Jack hablan en silencio, proyecta sus palabras sobre una pared. La obra es Ella, su mundo interior, su pasado y el futuro que siempre se nos está anunciando y que la mayoría de nosotros no queremos ver hasta que nos aplasta. La ovación de pie es para Irene Azuela, quien apenas en 2006 debutó en cine y es la que menos tablas tiene. Así como también se dice que el libro es mejor que la película y aunque la puesta en escena de El buen canario en México es una buena adaptación del texto original de Zach Helm, guionista de las películas El mundo mágico de Mr. Magórium y Más extraño que la ficción, la edición integra de la obra por Sexto Piso, con fotografías y comentarios, hacen que el libro sea mejor que un minuto de silencio después del aplauso.




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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Créditos de las imágenes: Portada del libro El buen canario (Sexto Piso, 2009) tomada de su web y publicidad de la obra de teatro de la página oficial.
Otra reseña en Ser siendo por Taika Ramé: ¿El buen canario: pía, grazna o canta?